Maldita seas, René Descartes

Yo no creo en la famosa máxima de Sartre, que el infierno son los otros. Me parece que él tampoco, y sospecho que lamentaba haberle proporcionado una coartada a los misántropos que la citan. Más sutilmente, la idea que quería expresar en A puerta cerrada es que el infierno se materializa en el desencuentro con los demás, problema con el que todos nos podemos identificar, porque todos lo sufrimos. Pues hay momentos, de amarga realidad, cuando nos resulta imposible lograr cualquier tipo de comunicación; entonces, nos retraemos en nosotros mismos, tan solo para encontrar que los cimientos que buscábamos también han desaparecido. En esos momentos, distinguimos algo que alguna vez fue real pero que ha muerto o habita en un mundo lejano. Nuestras memorias quedan envueltas en un halo de confusión tal, que dudamos si de verdad nos pertenecen y no llegamos a entender del todo las cosas que nos han sucedido. Los seres que fuimos hace apenas unos años se vuelven irreconocibles: aunque compartan nuestro nombre, nuestras historias y relaciones e incluso algunos de nuestros rasgos físicos, nos parecen secretamente otros. A veces, sentimos que nos es imposible entrar al último rincón de nosotros mismos.
Esto no es culpa de nadie, mucho menos de René Descartes. Por naturaleza, los seres humanos estamos separados de nuestro entorno: sería muy difícil sobrevivir sin una personalidad o una mente que organice las experiencias y medie entre los instintos y la realidad, y es perfectamente normal que un niño pequeño diga con sencillez «mi mano, mi cabeza». Pero Descartes le dio un peculiar giro a esta situación, y formuló las bases de lo que el profesor Gilbert Ryle llama «la teoría oficial», una suposición generalizada sobre la relación entre mente y cuerpo.
Como es sabido, el filósofo, en sus Meditaciones, concluyó que la mente y el cuerpo son dos sustancias distintas. Lo cual implica que los objetos materiales y los sucesos mentales habitan mundos completamente separados. Toda la materia comparte un mundo llamado «espacio», y lo que le pasa a un cuerpo en una parte del espacio está conectado mecánicamente con lo que les pasa a otros cuerpos en otras partes del espacio. Por el contrario, los pensamientos y las emociones viven en mundos aislados, llamados «mentes», y no hay ninguna conexión causal directa entre lo que pasa en una mente y lo que pasa en otra. Por lo tanto, como explica Ryle, aparece una oposición diametral, una frontera infranqueable, entre mente y materia: nuestras vidas interiores, nuestras mentes, son totalmente inaccesibles a los demás, lo cual nos deja inevitable y absolutamente solos. Esta, a grandes rasgos, es la teoría oficial.
Sin embargo, mediante la observación y la reflexión nos damos cuenta de que la analogía cartesiana entre mente y cuerpo, y la consiguiente frontera entre ambos, es un tanto dudosa. Pensemos, por ejemplo, en Roque H. Montes, contador de treinta y cinco años de edad. Montes es un trabajador ejemplar, diligente y productivo; amante del tequila y del juego, adora a su esposa y haría todo por ella; tiene un particular gusto por jovencitas adolescentes y por libros de ciencia ficción, y el miedo al Día del Juicio Final le llega hasta la médula; posee un conocimiento envidiable de la poesía de Sor Juana y está profundamente orgulloso de su país, por lo que no va a misa los domingos; además, paga todos sus impuestos y siente una emoción extraña ante personajes como Perón o Mussolini, odia apasionadamente la música de Moncayo y ha recibido de la iglesia todos los sacramentos que le han correspondido. Es evidente que, para ser una sustancia, la mente de Montes está muy fragmentada. Y si nos detenemos un poco a meditar sobre nuestras propias mentes o personalidades, seguramente seremos capaces de identificarnos con su caso; veremos que estamos habitados por una multiplicidad de seres y que cada hombre y cada mujer son al menos mil hombres y mujeres; en lugar de un ser insoluble, lo que encontraremos es la totalidad de una incoherencia, una polifonía de voces.
Si el ejemplo de Montes no nos convence, podemos recurrir a las conclusiones de otro filósofo, David Hume, quien sobre este asunto dijo lo siguiente: «Los hombres son solamente un manojo de diferentes percepciones que se suceden unas a otras con rapidez inconcebible y están en perpetuo flujo y movimiento. Si de estas percepciones se deduce una sustancia, es solo mediante un salto de la imaginación o un error de la razón.»
Aceptemos, así sea provisionalmente, que la teoría oficial no es convincente: la mente o la personalidad de cualquier individuo es como un mosaico formado por percepciones más o menos inconexas y personalidades más o menos en conflicto entre sí. La ilusión de la unidad de la mente está fundada en una falsa analogía con la unidad del cuerpo. Por lo tanto, la frontera entre mente y cuerpo no existe en realidad.
Pero esto no alivia ese infernal desencuentro con los demás que describió Sartre. Aunque, según la teoría oficial, no podamos relacionarnos directamente con ese algo sólido (una mente o personalidad) que está detrás del cuerpo de los otros, sí tenemos la capacidad de observar el comportamiento de los otros y, basados en nuestros propios procesos internos, llegar a conclusiones sobre sus pensamientos y sentimientos: una sonrisa se puede interpretar como un signo de felicidad. Desechar la teoría oficial y considerar que nuestras identidades son ilusorias, ¿no empeora las cosas? ¿Cómo es posible que dos manojos de percepciones, dos polifonías incoherentes de voces, puedan relacionarse entre sí? Y es que, como señala Aldous Huxley, el ejemplo de Montes y las observaciones de Hume exigen que nos planteemos algunas preguntas: ¿Cómo es que los manojos se convirtieran en manojos y las voces en voces? ¿Acaso los átomos de experiencia que los conforman se unieron por sí mismos? Y si así fue, ¿cómo lo lograron y dentro de qué tipo de mundo no-espacial?
Estos problemas, dice Huxley, son extremadamente difíciles de resolver en términos distintos a los del pensamiento tradicional, según el cual el ser humano está compuesto de una especie de trinidad de cuerpo, psique y espíritu. Desde esta perspectiva, nuestra mente o personalidad es resultado de la interacción entre los dos primeros elementos. Detrás de la unidad ilusoria representada como sustancia por la teoría oficial y desintegrada por el análisis de Hume, yace un espíritu o Mente (con eme mayúscula) idéntico a la Realidad última, o a Brahman, o a la Causa Causarum. En lenguaje evangélico: «El reino de Dios está en vosotros.»
No es necesario, entonces, desesperar. Si la idea tradicional del ser humano es correcta, el problema crucial deja de ser la búsqueda de un puente para cruzar la frontera entre mi mente o personalidad y la mente o personalidad del hombre o la mujer que está a mi lado; más bien, el problema es encontrar un método para desembarazarnos de la ilusión de nuestras mentes o personalidades fragmentadas; encontrar alguna manera de perder lo que es accidental y mortal en nosotros mismos, para perpetuar lo que es racional y humano, y en consecuencia universal, compartido por todos. El infierno de Sartre ya no es el desencuentro, sino la noción de que estamos separados el uno del otro, de que el desencuentro es real e inevitable.
Según proponen los pocos hombres y mujeres sabios que han vivido entre nosotros, ese método, ese camino, es el amor. El amor a la Sabiduría, según la filosofía platónica, o al Dios inmanente y trascendente, según las mejores enseñanzas cristianas.
Al parecer, entonces, el problema está resuelto: hemos abolido el infierno con un par de plumazos.
Pero —decía mi maestro Juan de Mairena—, amar a Dios sobre todas las cosas es algo más difícil de lo que parece. Porque ello parece exigirnos: primero, que creamos en Dios; segundo, que creamos en todas las cosas; tercero; que amemos todas las cosas; cuarto, que amemos a Dios sobre todas ellas. En suma: la santidad perfecta, inasequible a todos los santos.
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Por: Alejandro Ehrenberg
Imagen: Andre Kertesz (1933), “Distorsión No. 60”
