El arte como la vida

Es el 28 de diciembre de 1895, el gran Méliès está invitado a la primera representación del cinematógrafo, ese invento de los Lumière que es capaz de recoger vistas de la cotidianidad y traerlas al presente una y otra vez. Lo llaman ciencia óptica, artilugio mecánico, curiosidad científica, fenómeno físico, captación de la realidad, avance de la fotografía, atracción de feria…

Pero sucede algo más: Georges Méliès, el ilusionista poseedor de una extraordinaria capacidad imaginativa, percibe en el invento la posibilidad de un nuevo truco para asombrar al mundo al transmitirle la poesía que se esconde en el sueño y la pesadilla, el horror, el estremecimiento, la magia… y lo hace.

Magia. Al siglo XXI la palabra ha perdido gran parte de su connotación original. Se la relaciona con filosofías ocultas, fenómenos contrarios a la leyes naturales, espíritus que habitan en una dimensión inaccesible a los humanos, tabúes, en una palabra: mitos. Mitos que se oponen al Logos al intentar una explicación no racional a la realidad, invención. Mitos que resuelven los avatares de la vida: origen, destino, propósito… con toda una construcción de hechos y universos que se aceptan como verdades incuestionables porque el hombre necesita creer en lo que le haga sentir bien y a salvo, aunque adore el riesgo.

En las manos de Méliès los mitos comienzan a correr peligro. Este primer cineasta crea con el cinematógrafo un sistema que fascina y asombra; expone un truco-reto que obliga a ver más allá de lo evidente, más allá de los signos, al punto donde yace el misterio. Quien lo tiene delante necesita verlo todo de una vez y develar el movimiento, el pase mágico. 

La incredulidad está suspendida cuando lo que sabe que no se mueve, se está moviendo; lo que no existe se está mostrando y lo que es imposible, está sucediendo. Aparatos racionales y perceptuales son cuestionados: ¿Qué, cómo es posible? La pregunta flota en el aire, parece no haber respuesta. A través de los ojos entra la influencia que nos devuelve al origen, a la búsqueda de la realidad en las dimensiones del sueño, el mito y la poesía. La duda es fascinante, a veces punzante. Por medio de la ficción son puestas en vilo las creencias, las seguridades y los prejuicios del público. Sucede la anarquía: la duda sacude los cimientos mismos de la sociedad y revela los huecos en la concepción instituida de lo real. Nos estamos aproximando al arte.

Todo el mundo ha hablado y habla del arte en todos los tiempos. Se le llama actividad y producto, se le atribuye una finalidad estética o comunicativa de ideas, emociones, paradigmas, mediante diversos recursos… Lo más cercano a la realidad es que el arte sea (como) la vida misma: un algo del cual se tiene noción —no conocimiento, pues ¿cómo se explica cabalmente el fenómeno de vivir?—, algo cuya forma se cree que es bella y por lo mismo se la confunde con las cosas agradables a la vista, algo cuyo fondo obliga a sabotear esa maquinaria que se construye con la fe de todos, y en la que en lo profundo nadie cree.

Vida y arte pueden ser la misma cosa: magia, entendida como asombro, fascinación. Vida y arte no son placer, aunque anhelemos creerlo así, no son juegos ni vías de escape. Dijeron Schiller, Darwin y Spencer que el arte es una actividad que tienen los animales y que resulta del instinto sexual y de los juegos. ¿No es así también la vida? ¿No se origina también en el instinto sexual y el juego?

El arte y la vida traen consigo una belleza escalofriante. Provocan un placer y dolor que son inherentes e irrenunciables y que se sitúan al mismo nivel; no es posible calificar a uno como bueno y al otro como malo o indeseable porque juntos dotan al hombre de una biografía irrepetible, perfilan una auténtica individualidad.

Sin embargo el placer y el dolor son universales y sirven como aglutinantes de la humanidad: sin proponerlo unen en lo general. Pero como lo mismo que nos une nos puede separar, en lo individual nos confrontan y alejan. El arte es el pasadizo individual que nos lleva siempre al origen, a la búsqueda de una realidad individual que no estropea verdades universales. Aquí hay belleza vaga: sin sentido, concepto o teoría. Belleza pura y nítida que no depende de representaciones fieles a la realidad para ser. Belleza que trae consigo una promesa de felicidad y de respuestas en forma de preguntas originales.

Esta belleza tan propia del arte es buena muestra de que la vida no tiene sentido, pero es una obra extraordinaria. La vida, gracias al arte, parece menos sumisa a la oscuridad devoradora de la muerte, está más allá del bien y el mal y produce vértigo.

La vida es el gran misterio que el prestidigitador Méliès tiene como fin y no como medio. Es el pase mágico que cuestiona todo, que hace temblar la estructura social y que por lo mismo, el Estado busca neutralizar en la persona de esos ilusionistas, tan bien llamados artistas malditos.

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Por: Keii Johnson

Imagen: Kodak No. 1 Circular Snapshots via The Public Domain Review

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