El dilema del solista cuando toca con orquesta (fragmento del manual «¿Por qué el violín?» del maestro Louis Persinger)

Es muy común que alguien desacostumbrado a tocar con orquesta se sienta extremadamente restringido e incómodo y que tienda a echarle toda la culpa del impedimento que siente a la incompasiva actitud del director y al implacable e injusto batir de su batuta de madera.
Una orquesta grande es un aparato un tanto difícil de operar, naturalmente, y el director puede llegar a tener problemas con las arriesgadas y expansivas libertades del solista. Por esto, es usual que el que blande la batuta sí parezca cultivar un sentido exagerado de su conocimiento, del valor y deber al arte y al ritmo en general y que esté muy poco inclinado a ir más allá de los espacios mínimos que están marcados en la hoja impresa.
Por el otro lado, puede que el solista se haya permitido por entero demasiada libertad o distorsión al tocar solo o con piano, y la inesperada sacudida musical puede resultar muy esclarecedora.
Sin embargo, un director, incluso si está entrenado en cuerdas y es un músico dotado, no puede llegar a conocer a fondo todas las tradiciones asociadas con el repertorio del solo. No importa si es un artista genuino, un buen músico o un acompañante mediocre. A la vez, ningún solista, instrumental o vocal, sin importar qué tan grande o famoso sea, es musicalmente infalible. Así, el choque de intereses en la riña generalmente se resuelve en un dar y recibir por ambas partes, a pesar de que el primer ensayo a veces sea un asunto muy penoso para todos los involucrados.
Pero, afortunadamente, hay directores y directores, y tocar con una orquesta encabezada por un verdadero director, que sea un artista y un músico comprensivo, es una de las experiencias más satisfactorias y emocionantes que un solista puede llegar a tener.
No es necesario decir que hay muchas maneras de «preparar» al alumno para una primera presentación con orquesta. Uno puede acompañar de manera desaliñada (piano o violín); tomarse la molestia de tocar la parte del solo muy adelantada o muy atrasada; gritarle a un segundo violín imaginario, por ejemplo; tirar la música al suelo; agitar los brazos en círculos como un molino; tocar pianissimo cuando está escrito fortissimo y viceversa; hacer retardados o acelerados repentinos; tocar como el metrónomo más insensible; mantener una conversación enteramente irrelevante a la música; etc., etc. Será muy extraño si estos ejercicios persuasivos no logran que el intérprete se sienta más en casa cuando llegue el momento de la prueba crucial. Incluso, si nada mejor sucede, el estudiante tocará con un parsimonioso aplomo o porte, y el director lo aceptará con ojos amistosos y conciliatorios, equivalentes a una conclusión.
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Traducción del inglés: Diego Prado
Imagen: Kodak No. 1 Circular Snapshots via The Public Domain Review
