Una reflexión sobre la relación entre realidad, imaginación y creación artística

No existen verdades universales; olvidamos que percibimos el mundo por medio de conceptos que nosotros mismos imaginamos y que rara vez son espejos puros de una realidad objetiva. Sólo somos capaces de captar una mínima parte de todo lo que nos rodea: nuestros ojos no ven todas las ondas de luz, nuestros oídos no escuchan todas las ondas sonoras y nuestra mente trabaja con métodos limitados de esquematizar la percepción. Así, la imaginación es la base para la creación de cualquier tipo de cosmovisión; el mundo es un tejido de hilos imaginarios y verdaderos donde cada patrón constituye mundos de percepción con su propia metafísica y experiencia empírica.

Por ejemplo, nuestra forma eurocéntrica de percibir determina los colores que diferenciamos y los sonidos que distinguimos como notas, y se sabe que otras formas de percibir el mundo nombran distintos tonos y sonoridades. Esta esquematización imaginaria me lleva a pensar en La divina comedia y Los hermanos Karamázov. Por un lado, al igual que un color, de forma algo arbitraria a una realidad objetiva, se puede considerar como el más representativo de su tono y partiendo de él hay tonos más claros o más oscuros, en La divina comedia observamos algo similar: partiendo de una metafísica imaginaria surge una esquematización que define qué tipo de persona cae en qué espacio del paraíso, del purgatorio o del infierno. Por el otro lado, en Los hermanos Karamázov, se ve cómo todo un pueblo puede imaginar una realidad alterna que concuerda perfectamente con sus nociones de moralidad, pero no con la realidad objetiva. Así, se ve cómo hay conceptos imaginarios que adquieren tal concreción que llegan a convertirse en realidad.

De este juego de las conceptualizaciones y categorizaciones de la mente que percibe el mundo que la rodea surge la creación artística; en el proceso mental que elige qué elementos de su entorno ver y cómo organizarlos. La declaración es general pero el concepto principal que quiero tratar es la idea del arte de la enseñanza.

Considero que la enseñanza es un arte pues depende de definir qué hace a un buen o mal alumno o qué es un buen trabajo o uno reprobatorio. Esta pregunta involucra una cuestión similar a las anteriores. Fernando Pessoa, en Libro del desasosiego, dice algo que para mí es definitivo en los problemas morales y que muestra también la esencia de lo que es la creación artística. Pessoa escribe:

Obedezca a la gramática quien no sabe pensar lo que siente. Sírvase de ella quien sabe mandar en sus expresiones. Cuéntase de Segismundo, Rey de Roma, que, habiendo en un discurso público, cometido un error gramatical, respondió a quien le habló de él: “Soy Rey de Roma, y además de la gramática. Y la historia narra que fue conocido en ella como Segismundo “supergrammaticam”. ¡Maravilloso símbolo! Cada hombre que sabe decir lo que dice es, a su manera, Rey de Roma. El título es regio y la razón del título es serse.

Se muestra aquí una línea poco común entre lo correcto y lo incorrecto ya que deja que las necesidades íntimas del ser sean el juez último que decide dónde va ir qué. Poner el ser cómo Rey del universo no es pedante ni nocivo en este caso porque se habla de la expresividad y de dar espacio para que el individuo pueda concretizar sus ideas de la manera en la que le plazca, y se dice que esta expresividad es más autentica y más significativa que la que pregunta primero a la gramática si puede o no decir lo que siente.

El arte de la enseñanza está en abrir las categorizaciones de lo que es una realidad válida y tratar de ver las divagaciones de la norma convencional como expresiones del ser (en otro momento habría quizás de hablar de ciertos límites). El conocimiento humano es en esencia un acto de la imaginación que da unidad a la realidad. Si se entiende que estos factores imaginarios son características del individuo y expresiones de su ser se dejaría de castrar tanto a los estudiantes en nombre de la realidad real.

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Por: Diego Prado

Imagen: Mark Rothko (1970), “Untitled (Black on Grey)”

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