El espejo de humo

Colocó la plantilla de pergamino cuidadosamente sobre la superficie de la ovalada plancha de cobre pulida como un espejo. Tomó el pincel y aplicó la cera con el betún, conservando los contornos de la silueta. Retiró la plantilla y con su aliento le sopló suavemente para acelerar el secado de la mezcla. La figura se transparentaba, ambarina, a contraluz. 

Luego tomó una punta muy aguda, de plata pura, y rasgando sobre la película resinosa dibujó el cuerpo de una mujer: sus rebosantes senos y alertas pezones, la sinuosa cintura, el oracular ombligo anidado en el dulce y redondeado abdomen, la flora púbica entre dos dunas extremosas y lánguidas…

Conforme el estilete trazaba las líneas descubriendo el filón de cera, rayos de luz cobriza liberaban filamentos metálicos del espejo herido. Terminó la labor y acercando la pieza revisó los efectos y detalles atentamente. 

—Excelente —pensó satisfecho. Ahora viene el aguafuerte.

 Acercó la charola con el mordente líquido y deslizó la plancha, sumergiéndola. Las minúsculas y aperladas burbujas empezaron a formarse penetrando en las líneas, texturas y superficies del rojizo metal pulimentado.

Sus pensamientos empezaron a divagar, mientras que con la delicada pluma de pelícano acariciaba la plancha, retirando las burbujas en una turbulencia nacarizada. 

—La reina estará encantada con el resultado. Seguramente la colocará en el gran salón magisterial, y será admirada por la nobleza y la aristocracia. Será conocida en todo el reino, por los siglos de los siglos…

Frente a él, el verdusco líquido empezó a hervir echando un corrosivo humo, abrasando al espejo, precipitando la hecatombe. Desesperado y torpe, retiró deprisa la lámina caótica, la enjuagó con agua y leche de arroz, y nervioso contempló los estragos: poco se había salvado de los trazos originales, pero algo—algo misterioso—permanecía. 

 —¡Oh, qué voy a hacer ahora! —exclamaba angustiado. ¡Qué puedo hacer! —Y caminaba de un lado al otro del laboratorio. 

—Toc, toc, toc —llamaban a su puerta—. Maestro… la Emperatriz espera —dijo el emisario—, y la corte toda se encuentra reunida en el Gran Salón: los nobles y señores feudales, los capitanes y generales, comerciantes y banqueros, obispos y cardenales. No los demore más, ¡oh, gran maestro! 

Ya no tuvo más tiempo para pensar. Se puso el sombrero de ceremonias en la cabeza y se encaminó al Gran Salón, hacia un destino desconocido. 

En efecto, el salón estaba rebosante de personalidades, y al fondo, radiante, esperaba la reina en el trono. 

Por fin se postró a sus pies: 

—Magnífica —dijo temeroso al darle el redondeado espejo recién grabado.

Vanidosa, la reina lo tomó y lo contempló. Repentinamente, el espejo comenzó a humear; en él, la Magnífica observóse a sí misma, a su reino, a sus nobles y a su corte entera, pero también observó a sus vasallos, los cuales sufrían de hambre, pobreza y muerte.

Las lágrimas cayeron sobre su real vestido de seda, y bajándose de su trono, trémula, tomó al maestro de los hombros y dijo:

—La verdad no se dice; la verdad se vive. Dime, Maestro, ¿aceptas ser mi Primer Ministro y enmendar el reino y hacer justicia?

El corazón del viejo demiurgo pegó un salto mortal, y se desvaneció a los pies de su reina, fulminado. 

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Por: Ricardo Ehrenberg

Imagen: Miguel Angel Salazar - La Bota Sucia (2011), “Sin título”